Redituable. (De redituar.) adj. Que rinde, periódica o renovadamente, utilidad o beneficio.

El hombre más peligroso para todo gobierno, es aquel capaz de pensar por sí mismo, sin tomar en consideración las supersticiones y tabús que prevalecen en su tiempo. Casi inevitablemente llega a la conclusión de que el gobierno bajo el que vive es deshonesto, enfermo e intolerable, y así, si es romántico, intenta cambiarlo. E incluso si no lo es, es muy apto para difundir el descontento entre los que sí" H.L.Mencken

" Quien no quiere pensar, es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar, es un cobarde." (Sir Francis Bacon)
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NO TE PEDIMOS EL VOTO PARA NINGÚN PARTIDO CONCRETO, NI QUE VOTES EN BLANCO, NI QUE TE ABSTENGAS, SINO QUE TE INFORMES PARA COMPROBAR QUE EXISTEN ALTERNATIVAS.

domingo, 3 de abril de 2011

DAVID ICKE - CONFERENCIA OXFORD


 
1-12 LIBERA TU MENTE

JAUME ASSENS Y GERARDO PISARELLO
Mientras más se agudiza la crisis, más crece la impresión de que sus causantes no sólo no son sancionados, sino que se están convirtiendo en sus principales beneficiarios. En este contexto, la querella penal contra las agencias privadas de calificación de deuda impulsada por el Observatorio DESC, ATTAC y otras organizaciones sociales debería verse como un freno a la descarnada impunidad de los más fuertes. Pero también como un intento de conjurar un golpe de mercado que, de no detenerse, acabará por arrasar los frágiles cimientos democráticos de nuestras sociedades y los derechos básicos de la mayoría de la población.
Para entender el papel de Moody’s, Standard & Poors y Ficht a lo largo de la crisis habría que distinguir dos momentos. El primero tiene lugar aproximadamente a partir de 2001, con la expansión del boom inmobiliario. Entonces, el negocio de las agencias consistió en calificar al alza, previo pago por su asesoramiento, diferentes productos financieros de sus clientes. Muchos de esos productos eran hipotecas basuras y activos tóxicos. Las agencias, en connivencia con la banca, les otorgaron la máxima calificación. Gracias a estas operaciones, los ejecutivos de las agencias multiplicaron sus ingresos. Al mismo tiempo, generaron una burbuja cuyo estallido aniquiló de un plumazo el derecho a la vivienda de miles de familias y condenó a muchas otras al desempleo.
En Estados Unidos, estas actuaciones han sido enjuiciadas por diferentes tribunales e investigadas por el Senado y por la Comisión Estatal de Bolsa y Valores. En Ohio, Connecticut y California se ha acusado a las agencias de haber actuado sin rigor ni transparencia, de haber emitido información fraudulenta y de haber favorecido a clientes a los que previamente asesoraban, en un claro conflicto de intereses. Se han dictado algunas sentencias en su contra y se han impuesto nuevas regulaciones. Con todo, las agencias han conseguido desplegar su enorme poder económico, político y mediático para neutralizar los controles más incisivos.
En el ámbito europeo, las sanciones a las agencias o a la banca por su responsabilidad no han llegado siquiera a eso. Es más, en casos como el español, las entidades financieras han recibido ingentes cantidades de ayuda que les han permitido convertir su deuda privada en deuda pública. Y todo ello prácticamente sin contraprestaciones que las obliguen, por ejemplo, a aliviar el grave problema habitacional que han contribuido a crear.
Pero la cuestión no se acaba aquí. Para rescatar al sector privado y obtener liquidez, muchos gobiernos de la periferia europea se han visto forzados a emitir más deuda pública y a solicitar los servicios de las agencias. Y es aquí, precisamente, donde estas entran en escena por segunda vez. No ya para calificar al alza activos tóxicos, sino para desvalorizar las deudas públicas de algunos gobiernos e instituciones, forzándolos a ofrecer a los eventuales prestamistas beneficios de toda clase.
El paso del optimismo fraudulento de ayer al desmedido pesimismo de hoy tiene connotaciones más ideológicas que técnicas. Las agencias no califican del mismo modo a los gobiernos conservadores que a aquellos más reticentes a la hora de aplicar los ajustes. Asimismo, la dureza exhibida con deudas como la griega, la portuguesa o la española contrasta con la laxitud con que se juzgan otras igual o más riesgosas, como la abultada deuda pública estadounidense. Los dictámenes de las agencias carecen, en realidad, de la más mínima rigurosidad argumental. El criterio técnico para medir la solvencia de un país consiste, de manera casi exclusiva, en las ventajas que pueda ofrecer a los especuladores o en su predisposición a restringir los derechos sociales. Nada más. Mientras más favorable se muestre un Gobierno a congelar pensiones o a “flexibilizar” las relaciones laborales, más confiable se presenta a ojos de los grandes evaluadores.
Este modus operandi, ejercido por un puñado de entidades con una posición dominante en el mercado, entraña una conducta delictiva. Sus dictámenes, escasamente transparentes y rigurosos, permiten manipulaciones arbitrarias en el precio de las cosas (art. 284 del Código Penal). Y la información que generan es susceptible de ser utilizada en beneficio económico propio (art. 285). Los gobiernos llegan a pagar hasta 250.000 euros por sus servicios, que luego pueden acabar beneficiando a otros clientes. Los principales tenedores de deuda pública española, por ejemplo, son bancos alemanes, franceses, británicos y holandeses. La mayoría son clientes de las agencias. ¿Cómo no ver el conflicto de intereses? ¿Cómo excluir que estas entidades puedan beneficiarse de manera ilegítima de informes que a menudo se emiten minutos antes del cierre de las bolsas?
Muchas de estas operaciones deberían haber sido objeto de control por parte del Banco de España o de la Comisión Nacional de Valores. Pero ello no ha ocurrido. Por el contrario, si los gobiernos víctimas de la especulación carecen de autoridad para cuestionarla es precisamente porque su connivencia con ella ha sido todo menos excepcional. Es en ese contexto donde la acusación popular ante los tribunales cobra más sentido. Como herramienta jurídica, ciudadana, contra la impunidad de una coalición oligopólica dispuesta a sacrificar al altar de sus beneficios los derechos políticos y sociales de poblaciones enteras. El multimillonario Warren Buffet, uno de los propietarios de la agencia Moody’s, ha podido decirlo sin ambages: “Esto es la lucha de clases, y la mía, la de los ricos, la está ganando”. Seguramente tiene razón. De lo que se trata, sin embargo, es de ponérselo difícil, obligándoles a rendir cuentas, al menos esta vez, por sus crímenes económicos.
Jaume Assens y Gerardo Pisarello es juristas e impulsores de la querella contra las agencias de calificación


ROBERT REICH

El gobernador de Maine, Paul LePage, ordenó a trabajadores públicos que retiraran del vestíbulo del Departamento de Trabajo de ese Estado un mural de 11 metros que describe la huelga de 1937 en Auburn y Lewiston. También recoge la imagen icónica de Rosie la Soldadora, quien en la vida real trabajó en Bath Iron Works
(uno de los mayores astilleros de EEUU, situado en Maine). Un panel del mismo mural muestra a uno de mis antecesores en el Departamento de Trabajo de EEUU, Frances Perkins, quien fue enterrada en Newcastle, Maine.
La Administración LePage también se encuentra en el proceso de rebautizar salones que han llevado los nombres de líderes históricos del movimiento obrero, como lo fue la exsecretaria Perkins.
El portavoz del gobernador ha explicado que el mural y los nombres de las salas de conferencias “no se ajustan a los objetivos del Departamento en favor de los negocios”.
¿Estamos en Estados Unidos?
Frances Perkins fue la primera mujer que llegó al Gobierno federal en la historia de Estados Unidos. Ella fue también uno de los mejores miembros del gabinete en la historia del país.
Ella y su jefe, Franklin Delano Roosevelt, llegaron al poder en un momento en que los trabajadores medios necesitaban ayuda. Y Perkins y Roosevelt estaban decididos a proporcionársela. Juntos crearon la Seguridad Social, el seguro de desempleo, el derecho de los trabajadores a sindicalizarse, el salario mínimo y la semana laboral de 40 horas.
Los grandes empresarios y Wall Street pensaron que Perkins y Roosevelt no estaban manteniendo los objetivos en favor de los negocios. Entonces ellos y sus marionetas republicanas en el Congreso y en los estados se vengaron mediante un asalto político al New Deal.
Roosevelt no se arrugó. En un discurso pronunciado en octubre de 1936, condenó “el monopolio empresarial y financiero, la especulación, la banca despiadada, el antagonismo de clases y el enriquecimiento con las guerras”.
Las grandes compañías y
Wall Street, dijo, “han comenzado a considerar el Gobierno de Estados Unidos como un mero apéndice de sus intereses particulares”. Y añadió: “Sabemos que el gobierno del capital organizado es tan peligroso como el gobierno de la turba organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Ellos mantienen unanimidad en su odio hacia mí, y yo doy la bienvenida a su odio”.
Avancemos 75 años.
Las grandes compañías yWall Street han emergido de la Gran Recesión con los bolsillos abultados. Beneficios y bonus son tan elevados como lo eran antes de la caída. Y ellos están gastando como locos en lobbys y en políticos. Después de la desgraciada decisión de la Corte Suprema en el caso de Citizens United, ya no existen límites. (El fallo, de 2010, eliminó cualquier barrera para que las grandes corporaciones inviertan en campañas electorales).
Los objetivos en favor de los negocios lo están rompiendo todo. Gobernadores a lo largo y ancho de EEUU están metiéndoles tajos a los impuestos de las corporaciones y están haciendo lo mismo con los presupuestos estatales. Los republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado están dispuestos a desregularizar, privatizar, cortar el gasto y reducir impuestos con el fin de que sus patrones de las corporaciones yWall Street tengan cada vez mejores resultados.
Pero la mayoría de los estadounidenses están aún en un problema desesperado. Pocas ganancias económicas, por no decir ninguna, están goteando hacia abajo.
Por ese motivo, el actual asalto republicano contra los trabajadores –a sus derechos para formar sindicatos, al seguro de desempleo y la Seguridad Social, a los empleados públicos e incluso (cortesía del gobernador LePage) a nuestra memoria común– resulta tan despreciable.
Y esa es la razón por la que necesitamos un presidente que luche por los trabajadores contra este asalto, tal como hicieron en su día Perkins y Roosevelt.
A propósito, el gobernador LePage podría tener la curiosidad de saber que el edificio que alberga el Departamento de Trabajo de EEUU en Washington se llama Edificio Frances Perkins. Podemos encontrar el retrato de ella colgado en un sitio prominente. También podemos ver retratos y murales de grandes líderes del mundo del trabajo estadounidense.
Una breve caminata a través del pasaje llevará al gobernador LePage a un impresionante memorial de Franklin D. Roosevelt, por si el gobernador quisiera visitarlo.
Gobernador, usted tal vez pueda borrar algo de la memoria de Maine, pero lo tendrá muy difícil para borrar la memoria de este país, incluso aunque no se ajuste a sus objetivos en favor de los negocios.
http://robertreich.blogspot.com
Robert Reich es Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley. Autor de ‘Aftershock’
Ilustración de Patrick Thomas


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